La noticia anterior refleja el interés que el Egipto de los faraones despertaba entre los europeos del siglo XIX, particularmente entre los británicos, y, de manera especial, el interés que generaba la práctica de la momificación. Cabe destacar que, si bien el antiguo Egipto habia suscitado el interés de los europeos desde la Antigüedad, este se intensificó notablemente tras la publicación de la obra “Descripción de Egipto”, elaborada por el grupo de científicos que acompañó a Napoleón a Egipto en 1798. En este contexto, se desarrolló en ciertos sectores de la sociedad británica un extraño gusto por desenrollar momias egipcias ante una audiencia, una práctica que incluso llegó a formar parte del entretenimiento ofrecido en fiestas organizadas por miembros adinerados de la sociedad británica.
En el siglo XX, si bien la práctica de profanar cadáveres perdió impulso, el interés por el antiguo Egipto se mantuvo firme. Y en este sentido, cabe mencionar el enorme interés que despertó el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón en noviembre de 1922. El Hallazgo fue realizado por el arqueólogo británico Howard Carter, con el patrocinio de Lord Carnarvon, y resultó notable no solo porque la tumba fue encontrada prácticamente intacta, sino también porque Lord Carnarvon murió pocos meses después del descubrimiento. Este hecho, aunado a la muerte de otros miembros de la expedición en un tiempo relativamente corto, dio origen a la leyenda de la supuesta maldición del Tutankamón, que recaería sobre quienes se atrevieran a perturbar el descanso del faraón. Sin embargo, esta leyenda no ha perdurado como una explicación seria de estos acontecimientos, y en la actualidad, la muerte de Lord Carnarvon y la de otros individuos vinculados con la apertura de la tumba se atribuyen a causas naturales.
En el siglo XXI, si bien la maldición de Tutankamón ya no es vigente, el interés por las momias, tanto egipcias como de otras regiones del planeta, continua firme. Así lo señala un artículo publicado el pasado 5 de agosto en la revista “International Journal of Cultural Property”, por un grupo de investigadores encabezado por Kristy Squires de la Universidad de Staffordshire, en el Reino Unido. En dicho artículo, los autores advierten que internet ha amplificado el tráfico internacional de restos humanos y animales momificados, lo que conlleva riesgos para la salud debido a la toxicidad de los materiales empleados en el embalsamamiento, así como por la posibilidad de proliferación microbiana en especímenes que no sean almacenado de manera adecuada.
En su reporte, Squires y colaboradores escriben: “Este artículo examina dichos riesgos mediante el análisis de 128 publicaciones en línea procedentes de plataformas de Meta, sitios de comercio electrónico, tiendas virtuales y casas de subastas. Se revela que los restos momificados comercializados en internet presentan signos de biodeterioro; sin embargo, los vendedores no ofrecen ninguna recomendación de seguridad, lo que sugiere un desconocimiento o una indiferencia deliberada ante los peligros asociados. Las publicaciones también ponen de manifiesto el incumplimiento de la normativa postal, lo que subraya la necesidad de establecer políticas de envío más claras y de aplicación rigurosa.”
Los investigadores concluyen: “Hasta que se implementen medidas más eficaces, el público debe mantenerse alerta y denunciar la venta de restos momificados ante las autoridades y los organismos profesionales competentes. Por consiguiente, resulta fundamental reforzar la supervisión y la educación para proteger la salud pública y preservar los restos arqueológicos.”
Ahora sabemos que Lord Carnarvon no murió porque Tutankamón lo haya maldecido. No podemos excluir, sin embargo, la posibilidad de que el faraón haya tenido algún grado de involucramiento en su muerte, aunque de manera involuntaria. En efecto, una hipótesis, aún no demostrada, plantea que los hongos y microrganismos presentes en la tumban pudieran haber infectado a Lord Carnarvon, quien tenía un sistema inmunológico debilitado, y haberle causado la muerte.
No lo sabemos, pero lo que sí es claro, es que, hoy, como ayer, las momias nos siguen fascinando.

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