De medicamentos a piezas de colección

El sitio de internet de “Relic and Rarity”, ubicado en Ontario, Canadá, ofreció hace un par de años una “auténtica mano momificada egipcia”, con una antigüedad estimada entre 700 y 200 a. C. y cuya autenticidad, según el vendedor, había sido verificada mediante análisis de ADN. De acuerdo con el anuncio, la mano conservaba la textura de la piel y mostraba las uñas. También presentaba evidencias de las resinas utilizadas durante el proceso de embalsamamiento. ¿El precio? 15 000 dólares. Desafortunadamente para los interesados, la pieza ya fue vendida.

En la misma línea, el sitio de subastas “On The Square Emporium”, en Belfast, Irlanda del Norte, se anuncia como “la tienda de antigüedades más grande de Irlanda”. Muchos visitantes acuden atraídos por su colección de objetos insólitos y fascinantes, entre los que se encuentran esqueletos humanos, cabezas reducidas y ejemplares de taxidermia. Sin embargo, hace algunos años anunció una adquisición que, según sus propias palabras, “superaba a todo lo anterior”: la cabeza de una momia egipcia de 2800 años de antigüedad. Al igual que ocurrió con la mano ofrecida por “Relic and Rarity”, la cabeza fue vendida, por un precio que se estima cercano a las 20 000 libras esterlinas.

Los dos casos anteriores muestran que el comercio de restos humanos momificados sigue activo. Lejos de tratarse de hechos anecdóticos, este fenómeno está documentado en un artículo publicado el pasado 5 de agosto en la revista “International Journal of Cultural Property”, por un grupo de investigadores encabezado por Kristy Squires, de la Universidad de Staffordshire, en el Reino Unido. En el estudio se analizan 128 anuncios publicados en plataformas de Meta, sitios de comercio electrónico, tiendas virtuales y casas de subastas, en los que se ofrecen restos humanos y animales momificados.

El trabajo de Squires y sus colaboradores se centra en los riesgos sanitarios asociados con la manipulación de restos momificados. Estos riesgos derivan tanto de la posible toxicidad de las sustancias empleadas en el embalsamamiento como de la proliferación de microorganismos en especímenes que no se almacenan adecuadamente. Resulta irónico que, durante muchos siglos, las momias fueran consideradas no una amenaza para la salud, sino una fuente de medicamentos para curar diversas enfermedades. Esta creencia dio origen a un intenso comercio de momias egipcias hacia Europa y, cuando estos restos comenzaron a escasear, propició incluso la fabricación fraudulenta de momias.

Por otra parte, parece que la concepción de las momias como fuente de medicamentos tuvo su origen en una confusión. En la Antigüedad grecorromana se atribuían propiedades curativas al betún, una sustancia oscura y pegajosa que se obtenía de depósitos naturales, particularmente de regiones como el mar Muerto y Persia. Siglos más tarde, los médicos árabes describieron una variedad de betún natural denominada “mumiya”, a la que también atribuían propiedades medicinales. Sin embargo, la distinguían de otra sustancia del mismo nombre, obtenida de cadáveres embalsamados. Con el paso del tiempo, ambas sustancias terminaron confundiéndose y la “mumiya” medicinal se identificó con los materiales empleados en el embalsamamiento y, finalmente, con los propios cadáveres –después de todo, si la mumiya preserva muertos, también debe preservar vivos–. Así, una palabra que originalmente designaba una sustancia mineral terminó incorporándose a las lenguas europeas – entre ellas el español, como “momia”– para designar los cuerpos embalsamados.

Por lo demás, la concepción de las momias como fuente de medicamentos perduró hasta bien entrado el siglo XX. Prueba de ello es que, en el catálogo de la compañía farmacéutica Merck de 1924, todavía aparecía la sustancia “Mumia vera Aegyptiaca”, una preparación farmacéutica elaborada a partir de restos de cuerpos momificados. Al respecto, en el sitio de internet de la propia compañía podemos leer: “Merck siguió comercializando Mumia vera Aegyptiaca hasta bien entrado el siglo XX. En la lista de precios publicada en 1924, este producto figuraba a un precio de 12 marcos oro por kilogramo. ¿Por qué una empresa farmacéutica tan comprometida con la investigación incluiría este preparado en su catálogo? ¿De dónde lo obtenía? No existe explicación alguna ni en los informes científicos ni en los registros comerciales”.

Confundir una sustancia natural con el cuerpo de una momia nos parece difícil de creer. Sin embargo, debemos recordar que, antes de la revolución científica del siglo XVII, la medicina se sustentaba en concepciones del cuerpo humano y de la enfermedad muy diferentes de las actuales. Consideremos, por ejemplo, la receta de 1608 del alquimista Oswald Croll para fabricar una momia y aliviar la escasez de momias egipcias:

“Tómese el cadáver fresco de un hombre pelirrojo, sin lesiones ni defectos, de 24 años de edad y fallecido hace no más de un día –preferiblemente mediante ahorcamiento, ejecución en la rueda o empalamiento–. Déjese durante un día y una noche expuesto a la luz del sol y de la luna; a continuación, córtese en tiras. Espárzase un poco de polvo de mirra para evitar que resulte excesivamente amargo. Déjese en remojo en alcohol durante varios días. Dado que su putrefacción provoca una humedad intolerable en el estómago, es conveniente macerar la momia en aceite”.

Dados estos detalles, afortunadamente no tenemos ya necesidad de fabricar momias. Quizá solo de comprarlas.

Comentarios

  1. No conocía esa aplicación de las momias, excelente información, gracias 👍👍👍👍

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