De acuerdo con Aubert y colaboradores, las figuras mitológicas representadas en la cueva de la isla Célebes, mitad hombre y mitad animal, sugieren que: “…el primer indicio conocido de pensamiento de tipo religioso -la capacidad de concebir entidades irreales- no proviene de Europa, como se ha asumido durante mucho tiempo, sino que aparece al menos hace cincuenta mil años en Célebes. La presencia destacada de seres mitológicos en las escenas de caza más antiguas registradas también ofrece indicios del simbolismo profundamente arraigado del vínculo humano-animal y las relaciones depredador-presa en las creencias espirituales, las tradiciones narrativas y las prácticas de creación de imágenes de nuestra especie”.
Más allá de sus habilidades de abstracción y expresión artística, las capacidades cognitivas y tecnológicas alcanzadas por nuestros ancestros en la Edad de Piedra, están demostradas en un artículo publicado esta semana en la revista “Science Advances”, por un grupo de investigadores encabezado por Sven Isaksson de la Universidad de Estocolmo. En dicho artículo, Isaksson y colaboradores reportan la identificación de una sustancia tóxica en puntas de flecha provenientes del sitio arqueológico de Umhlatuzana en Sudáfrica, las cuales tienen una antigüedad de 60,000 años.
La sustancia tóxica encontrada en las puntas de flecha proviene de la planta nativa “B. disticha”, conocida localmente como “bulbo venenoso”. Se sabe que pequeñas cantidades de exudado de esta planta pueden ser letales para roedores en un plazo de 20 a 30 minutos. Con respecto a la “B. disticha”, escriben Isaksson y colaboradores: “Carl Peter Thunberg, uno de los primeros viajeros europeos (1772-1774) al interior del Cabo de Buena Esperanza, quien recopiló especímenes de plantas y el conocimiento indígena sobre sus usos para Linneo, escribió que la raíz de la “B. disticha”, del tamaño de un puño, es venenosa y que los cazadores indígenas la usaban principalmente para envenenar sus flechas para cazar animales como la gacela saltarina”.
Por todo lo anterior, concluyen Isaksson y colaboradores que los cazadores-recolectores de la Edad de Piedra estaban familiarizados con las propiedades tóxicas de la “B. disticha” y aplicaban su exudado a sus puntas de flecha de caza. Con relación a esto escriben: “Aunque los cazadores del Pleistoceno medio del sitio Umhlatuzana carecían de conocimientos químicos formales, nuestro estudio demuestra que poseían un sistema de conocimiento o conocimiento procedimental que les permitía identificar, extraer y aplicar exudados tóxicos de plantas con eficacia. Debían también tener la comprensión necesaria de la ecología y el comportamiento de las presas para saber que, si se disparaba a una presa, el efecto retardado del veneno la debilitaría después de un tiempo, lo que contribuía a la eficiencia de la caza por desgaste o persistencia”.
De este modo, como apuntan Isaksson y colaboradores, nuestros antepasados hace 60,000 años habrían tenido la capacidad de concebir, planear y llevar a cabo estrategias de caza y adelantar sus resultados: “Esta acción a larga distancia y fuera de la vista es un indicador convincente de la cognición compleja que requiere inhibición de la respuesta, habilitada mediante una memoria de trabajo mejorada. Dado que el veneno no es una fuerza física, sino que funciona químicamente, los cazadores también debieron confiar en la planificación avanzada, la abstracción y el razonamiento causa”.
El mundo hace 60,000 años era, ciertamente, muy diferente del actual. Hace 60,000 años no existía la agricultura ni las ciudades que trajo como consecuencia. No existía la tecnología de los metales y las puntas de flecha para cazar animales estaban hechos de piedra. Existían, no obstante, artistas que podían pintar cuadros de escenas de caza con animales y seres mitológicos. Lo mismo que tecnólogos con la suficiente habilidad para fabricar flechas envenenadas, y estrategas con la necesaria capacidad de abstracción para usarlas como herramientas de caza.

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