El trabajo de grupo de científicos de Napoleón se recopiló en un trabajo monumental, la enciclopedia “Descripción de Egipto”, que incrementó la fascinación de los europeos por el Egipto antiguo. Habida cuenta además de que, basado en la Piedra de Rosetta, descubierta por la expedición de Napoleón, Champollion había logrado descifrar la escritura egipcia y con esto, los misterios del Egipto antiguo se empezaron a develar.
El tiempo ha mantenido la fascinación por la civilización egipcia, que de hecho se ha extendido más allá de las fronteras de Europa; y no solamente entre los especialistas, sino entre el público en general. Un ejemplo de esto es la difusión reciente que los medios de comunicación –particularmente el New York Times– han dado a un artículo de investigación publicado por Jun Yi Wong, de la Universidad de Toronto, en el que “reivindica” a la faraona Hatshepsut, que había adquirido una mala reputación como “madrastra malvada” y villana de la antigüedad egipcia. El artículo fue publicado el pasado mes de junio en la revista “Antiquity”, con el título “La vida póstuma de las estatuas de Hatshepsut”.
Hatshepsut reinó en Egipto hace 3,500 años (1473–1458 a.C). Fue hija del faraón Tutmosis I, y media hermana y esposa del faraón Tutmosis II, hijo de Tutmosis I. Al morir joven Tutmosis II, su hijo Tutmosis III, nacido de una esposa secundaria, era demasiado joven para gobernar, de modo que su madrastra Hatshepsut asumió la regencia y gobernó en su nombre. Hatshepsut, no obstante, a los pocos años se proclamó faraona e impidió que Tutmosis III asumiera como faraón al llegar a la mayoría de edad.
Al morir Hatshepsut asumió Tutmosis III como único faraón, y a partir de ahí los acontecimientos son motivo de una cierta controversia. Como escribe Wong en su artículo: “Tras su muerte, los monumentos de la faraona Hatshepsut fueron objeto de un programa sistemático de destrucción, cuya manifestación más común fue la eliminación de su nombre e imagen de las paredes de los templos. Este acto fue iniciado por Tutmosis III, su sobrino y sucesor (que reinó en solitario entre 1458 y 1425 a. C. aproximadamente), pero la motivación detrás de él sigue siendo objeto de controversia”.
La interpretación vigente relativa a los motivos para la destrucción de la memoria de Hatshepsut es que Tutmosis III la habría considerado como una madrastra malvada que le impidió asumir como faraón al llegar a la mayoría de edad. Esta interpretación, no obstante, es disputada por Wong, quien aduce: “Mientras que la estatua de Hatshepsut con el rostro destrozado ha llegado a dominar la percepción popular, esta imagen no refleja en su totalidad el trato que recibieron sus estatuas. Muchas de ellas se conservan relativamente en buen estado, con los rostros prácticamente intactos. Su grado de recuperación también varía; mientras que algunas estatuas se encontraron casi completas, a otras les faltan grandes partes o solo se conservan unos pocos fragmentos. Además, los fragmentos de una misma estatua a menudo se encontraban en diferentes partes de la necrópolis, a veces a cientos de metros de distancia”.
Con estas evidencias, Wong aventura una hipótesis alternativa a la de la madrastra abusiva. Según esta hipótesis, la destrucción de las estatuas de Hatshepsut, fracturándolas en el cuello, la cintura y las rodillas, no fue un acto de venganza de Tutmosis III, sino parte del proceso ritual de “desactivación” del poder del faraón muerto, en favor del faraón reinante.
Wong considera también una explicación utilitaria y no simbólica, considerando que fragmentos de una misma estatua fueron encontrados dispersos en una cierta área, “Esto sugiere que las estatuas no fueron enterradas inmediatamente después de ser retiradas del templo, y en consecuencia, estuvieron expuestas a diversos procesos de alteración, el más significativo de los cuales debió ser su reutilización como materia prima”.
Así, la destrucción de las estatuas de Hatshepsut podría haber obedecido a la necesidad de “desactivarlas” para “activar” el poder del nuevo faraón”. O bien, para reusarlas en la construcción de nuevos monumentos. Por lo demás y al margen de interpretaciones, el Egipto antiguo resulta hoy en día tan fascinante como lo fue en tiempos de Napoleón. Y con secretos todavía sin develar.

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