El desvío de las aguas de los ríos Amu Daria y Sir Daria provocó un desastre ecológico y de salud pública, además de afectar gravemente la economía de las comunidades que dependían del lago. Un ejemplo de ello es Muynak, antiguo puerto pesquero situado en la ribera uzbeka del mar de Aral, cuya línea de costa se ha retirado más de cien kilómetros. Como resultado, además de perder su principal medio de subsistencia, la población de Muynak ha quedado rodeada por un desierto de arena tóxica, formado por sedimentos cargados de pesticidas que quedaron expuestos en el lecho del lago y que hoy son dispersados por las tolvaneras.
De los dos lagos que surgieron tras la división del mar de Aral, el más afectado ha sido el mar de Aral del Sur, alimentado por el río Amu Daria y al que los especialistas atribuyen escasas posibilidades de recuperación. En cambio, son más optimistas respecto al mar de Aral del Norte, de menor tamaño y alimentado por el río Sir Daria.
Los expertos saben que el agua, que fluye de manera natural del lago del Norte hacia el del Sur, termina por evaporarse debido a la mayor extensión de este último, por lo que el aporte del río Sir Daria se pierde. Para reducir esa pérdida, una medida es impedir el trasvase de agua entre ambos lagos. Con ese propósito se construyó un dique que los separa y, como resultado, el nivel del mar de Aral del Norte ha aumentado de manera gradual, aunque todavía se encuentra lejos de recuperar las dimensiones que tenía antes de su división.
Sin embargo, los problemas ocasionados por la desecación del mar de Aral van mucho más allá de los graves impactos que ha tenido sobre la economía y la salud de las comunidades asentadas en sus alrededores. Este tema es abordado en un artículo publicado el 16 de julio en la revista “Science” por un grupo de investigadores encabezado por Rafael Marcé, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.
En ese artículo, Marcé y sus colaboradores presentan los resultados de un estudio destinado a evaluar las emisiones de dióxido de carbono generadas por los sedimentos del antiguo lecho del lago una vez que quedaron expuestos a la atmósfera entre 1960 y 2022. Para ello, utilizaron datos recopilados durante una expedición de campo realizada en 2022. Los investigadores analizaron cuatro procesos que modifican el intercambio de carbono entre los sedimentos expuestos y la atmósfera. En primer lugar, consideraron la emisión de carbono derivada de la descomposición de materia orgánica e inorgánica presente en los sedimentos. En segundo lugar, evaluaron el transporte de esos materiales por el viento y su posterior descomposición en regiones alejadas, un proceso que también contribuye a la liberación de carbono. Asimismo, analizaron la captura de carbono por la vegetación que ha colonizado las superficies expuestas del antiguo fondo del lago, la cual atenúa parcialmente las emisiones. Finalmente, incorporaron el efecto de la pérdida de la captura de carbono que realizaba el fondo del lago cuando permanecía cubierto por agua y que habría continuado de no haberse producido su desecación.
Marcé y sus colaboradores estiman que, desde 1960, los sedimentos expuestos del antiguo lecho del lago han liberado una cantidad considerable de carbono. Esa liberación ha sido compensada en menos del uno por ciento por la vegetación que ha colonizado las áreas expuestas. Al respecto, los investigadores señalan en su artículo: “La incorporación de estas emisiones altera el balance regional de carbono, transformando la cuenca del mar de Aral –considerada hasta ahora un sumidero de carbono– en una fuente neta. Volver a inundar el mar podría evitar la liberación de otra cantidad considerable de carbono, planteando así la restauración no solo como un imperativo ecológico y humanitario, sino también como una oportunidad de mitigación climática.”
La canalización de los ríos que alimentaban el mar de Aral para irrigar cultivos de algodón en pleno desierto, impulsada por las autoridades soviéticas durante la década de 1960 —cuando tanto Uzbekistán como Kazajistán formaban parte de la Unión Soviética—, constituye otra manifestación de que el planeta se nos ha quedado chico. O, dicho de otro modo, que la cobija es demasiado pequeña, y que, si jalamos para cobijar un lado, descobijamos el otro.

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