Según la NASA, desde 1995, cuando se descubrió el primer exoplaneta que orbita una estrella situada a unos 50 años luz de la Tierra, se han identificado más de 6,000 exoplanetas, el más cercano a nosotros, a unos 4.2 años luz. Un año luz es la distancia que recorre la luz en un año. Se trata de una distancia enorme: para dimensionarla, basta considerar que la luz tarda poco más de un segundo en llegar a la Luna desde la Tierra y alrededor de cinco horas en alcanzar Plutón, en los confines del Sistema Solar.
Aunque LHS1140b no fue el primer exoplaneta en el que se detectó una atmósfera, sí es el primer planeta rocoso –y, en ese sentido, comparable con la Tierra– situado dentro de la zona habitable de su estrella, del que se tienen evidencias sólidas de la presencia de una envoltura gaseosa. La zona habitable es la región alrededor de una estrella donde las temperaturas permitirían la existencia de agua líquida en la superficie de un planeta, una condición que se considera esencial para el desarrollo de la vida tal como la conocemos. De este modo, el descubrimiento de Cherubim y colaboradores coloca a LHS1140b como un candidato para la búsqueda de vida extraterrestre.
Cherubim y colaboradores llegan a la conclusión que el exoplaneta LHS1140b tiene una atmósfera porque observaron una fuga de gas helio que escapa del planeta hacia el espacio. En ese sentido, escriben: “Las observaciones de exoplanetas gigantes gaseosos sometidos a intensa radiación han revelado la fuga de helio de sus atmósferas. Existen pocas pruebas de la presencia de atmósferas en exoplanetas rocosos, tal vez porque estas ya se han disipado. Presentamos observaciones espectroscópicas en el infrarrojo cercano de LHS1140b, un exoplaneta rocoso que orbita en la zona habitable de una estrella cercana de baja masa. Los espectros de tránsito muestran absorción debida al helio que escapa de la atmósfera del planeta.”
No es difícil imaginar el reto que representa detectar una fuga de helio en un planeta situado a 48 años luz de la Tierra. La dificultad no radica únicamente en la enorme distancia, sino también en distinguir la tenue señal del planeta frente al intenso brillo de su estrella. Para superar este obstáculo, los astrónomos recurren al método de tránsito, que consiste en medir las diminutas variaciones en la intensidad de la luz estelar cuando el planeta, durante su órbita, pasa frente a su estrella desde la perspectiva de la Tierra.
Ante estas investigaciones surge una pregunta: ¿vale la pena dedicar enormes recursos científicos y tecnológicos a investigar la habitabilidad –y, en su caso, la posible presencia de vida– en mundos situados a decenas de años luz de la Tierra? Después de todo, las distancias son tan inmensas que, con la tecnología actual, resulta impensable visitarlos. En el mejor de los escenarios, si alguno de esos planetas albergara una civilización inteligente, solo sería posible establecer algún tipo de comunicación a distancia.
Al respecto, pedimos una opinión a ChatGPT y esto fue lo que nos contestó: “Esa es una de las preguntas más importantes de la astronomía moderna. A primera vista, puede parecer desproporcionado dedicar tantos recursos a estudiar un planeta situado a 48 años luz de la Tierra, cuando nunca podremos visitarlo con la tecnología actual. Sin embargo, la ciencia no solo busca resolver problemas inmediatos; también intenta responder las grandes preguntas sobre nuestro origen y nuestro lugar en el universo. Cada exoplaneta descubierto amplía nuestro conocimiento sobre cómo se forman los mundos, cómo evolucionan las atmósferas y qué tan común podría ser la vida en el cosmos. En ese sentido, explorar planetas lejanos es también una forma de comprender mejor el nuestro.”
Así mismo, estudiar mundos lejanos impulsa el desarrollo tecnológico: “Detectar un planeta a decenas de años luz y analizar la composición de su atmósfera exige instrumentos de una precisión extraordinaria. Los avances en óptica, detectores, inteligencia artificial, procesamiento de imágenes y análisis de datos desarrollados para la astronomía suelen encontrar aplicaciones en otros campos, desde la medicina hasta las telecomunicaciones.”
Si algún día la humanidad llegara a establecer contacto con una civilización extraterrestre, el impacto científico, cultural y filosófico sería difícil de exagerar. Un descubrimiento de esa magnitud modificaría profundamente la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestro lugar en el Universo, del mismo modo que lo hicieron la revolución copernicana, al demostrar que la Tierra no ocupa el centro del cosmos, y la teoría de la evolución de Darwin, que reveló que nuestra especie es el resultado de un largo proceso evolutivo compartido con todas las demás formas de vida del planeta.

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