Por caminos distintos

Tal como lo relata el protagonista de “La guerra de los mundos”, del novelista británico H. G. Wells, aunque los marcianos contaban con armas tecnológicamente más avanzadas que las nuestras –lo que en un principio los hizo parecer invencibles–, finalmente sucumbieron en su intento de invadir la Tierra por causas inesperadas:

“Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos hubiera cegado el terror. Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos”.

Así, aunque no puede afirmarse que los microbios de nuestro planeta sean aliados de la humanidad, sí desempeñaron ese papel durante la invasión marciana. En efecto, al encontrarse con organismos desconocidos para ellos y carecer de defensas naturales frente a estos microorganismos, los invasores ofrecieron un medio propicio para su propagación, lo que terminó por provocar el fracaso de la invasión.

Desafortunadamente, a diferencia del mundo ficticio de “La guerra de los mundos”, en el mundo real los gérmenes no siempre estuvieron del lado de los invadidos. Un ejemplo notable es la colonización de América por los europeos, quienes llegaron al continente hace cinco siglos acompañados de microorganismos que contribuyeron al sometimiento y a la devastación de las poblaciones indígenas. En particular, las enfermedades infecciosas desempeñaron un papel decisivo en la casi total desaparición de la población indígena de la isla de La Española durante las primeras décadas posteriores a 1492. En México, durante el siglo posterior a la caída de Tenochtitlán, enfermedades como la viruela y el sarampión contribuyeron igualmente a una drástica disminución de la población indígena, que, según las estimaciones históricas, se redujo entre un 50 y un 90 por ciento respecto de sus niveles previos a 1492.

La viruela se cuenta entre las enfermedades infecciosas que más contribuyeron al colapso de la población indígena tras la llegada de los colonizadores españoles. Según los historiadores, el primer brote de viruela documentado históricamente en América ocurrió en 1518, en la isla de La Española, donde la enfermedad provocó la muerte de entre un tercio y la mitad de la población. Desde allí, el virus se propagó a Cuba y posteriormente llegó a México en 1520, con resultados desastrosos.

Como lo relata Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España:

“Después que esta tierra se descubrió ha habido tres pestilencias muy universales y grandes, allende de otras no tan grandes, ni universales; la primera fué el año de 1520 cuando echaron de México por guerra a los españoles, y ellos se recogieron a Tlaxcala, que hubo una pestilencia de viruelas donde murió casi infinita gente; después de esta, y de haber ganado los españoles esta Nueva España, y teniéndola ya pacífica y que la Predicación del Evangelio se ejercitaba con mucha prosperidad, el año de 1545, hubo una pestilencia grandísima y universal, donde, en toda esta Nueva España, murió la mayor parte de la gente que en ella había. Yo me hallé en el tiempo de esta pestilencia en ciudad de México, en la parte de Tlatilulco, y enterré más de diez mil cuerpos, y al cabo de la pestilencia diome a mí la enfermedad y estuve muy al cabo”.

Desde México, la viruela se extendió hacia Centroamérica y, posteriormente, hacia Sudamérica, donde alcanzó el norte de Chile a mediados del siglo XVI.

Los registros históricos muestran que la viruela fue introducida en el continente americano durante el proceso de colonización europea. A estos registros se suman ahora pruebas moleculares directas de que así sucedió. Estas evidencias fueron presentadas en un artículo publicado el pasado 30 de julio en la revista “Science”, por un grupo internacional de investigadores encabezado por Bruno Romero González, del Trinity College Dublin, en Irlanda, e integrado también por investigadores de universidades chilenas.

Romero González y sus colaboradores analizaron el ADN del virus de la viruela obtenido de los restos de dos individuos momificados, recuperados en el sitio arqueológico CAM9, en el norte de Chile, fechados entre 1492 y 1631. Los cuerpos, momificados de manera natural, corresponden a una mujer adulta de entre 30 y 35 años y a un hombre de entre 18 y 20 años. Los investigadores determinaron que los virus pertenecían a un linaje ya extinto del virus de la viruela, situado evolutivamente entre las cepas europeas medievales y aquellas que circularon en siglos posteriores. De acuerdo con los autores, estos resultados constituyen “evidencia molecular directa de la introducción de la viruela en América a través de la colonización europea”.

La invasión de América por los europeos y la invasión de la Tierra por los marcianos relatada en “La guerra de los mundos” corren así por caminos paralelos, en el sentido de que, en ambos episodios, los gérmenes desempeñaron un papel central. Pero también corren por caminos antiparalelos en cuanto a las alianzas que dichos gérmenes establecieron con los invasores: en un caso, como adversarios; en el otro, desafortunadamente, como aliados.

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