Doscientos años después

En su novela “Tiempos difíciles”, publicada en el año 1854, Charles Dickens describe a “Coketown”, una ciudad industrial ficticia en la Inglaterra del siglo XIX: “Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro, parecido al que usan los salvajes para embadurnarse la cara. Era una ciudad de máquinas y de altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción.” Así se refiere Dickens a la contaminación ambiental debida a la quema del carbón mineral empleado para impulsar la maquinaria de las fábricas.

Con la Revolución Industrial, nacida en Inglaterra en el siglo XVIII, se disparó el consumo per cápita de energía. Así, de acuerdo con un artículo aparecido en la revista “Nature Communications Earth and Environment” en octubre de 2020, mientras que hace 10,000 años las sociedades agrarias primitivas obtenían la energía que requerían de la quema de leña y de la fuerza muscular humana, en el siglo XIX las fuentes principales de energía eran el carbón mineral, el aceite y la fuerza hidroeléctrica, y con esto, el consumo per cápita de energía se cuadruplicó con respecto a las primeras sociedades agrarias. En el siglo XX dicho consumo de energía se elevó todavía más, en la medida en que se diversificaron las fuentes de energía fósiles y se añadieron otras fuentes, como la nuclear y las renovables. Hoy en día, nuestro consumo per cápita de energía es diez veces mayor que hace 10,000 años.

Por otro lado, ha habido también un incremento acelerado en la población global, que ha crecido desde unos 600 millones en el año 1700, antes del inicio de la Revolución Industrial, hasta unos 1,000 millones en 1800, y 2,500 millones en 1950. Es decir, la población del mundo se cuadriplicó entre los años 1700-1950, lo que fue posible gracias al incremento en la productividad por el consumo creciente de energía y el desarrollo de nuevas tecnologías.

Como sabemos, el crecimiento de la población del mundo no se detuvo en 1950 y en la actualidad más de 8,000 millones de personas tienen al planeta como su lugar de residencia. No obstante, algo sucedió mediando el siglo XX que cambió el ritmo del crecimiento poblacional, como lo explica un artículo aparecido el pasado 27 de marzo en la revista “Environmental Research Letters”. Dicho artículo fue publicado por un grupo internacional de investigadores encabezado por Corey Bradshaw, de Flinders University en Australia.

Como lo explican Bradshaw y colaboradores: “Durante al menos los últimos siglos, el ingenio humano, el acceso a enormes reservas de combustibles fósiles y el desarrollo tecnológico han propiciado un proceso que ha impulsado el crecimiento demográfico, fomentando tasas de crecimiento poblacional más elevadas. Sin embargo, esta relación positiva se rompió durante la década de 1950 y, para 1962, la población mundial entró en una fase en la que la tasa de crecimiento disminuyó de forma constante a medida que aumentaba la población.”

Es decir, si bien la población del planeta se mantiene en crecimiento, como lo ha hecho desde el inicio de la Revolución Industrial, desde hace 70 años lo hace a un ritmo menor. De acuerdo con Bradshaw y colaboradores, esto significa que el creciente uso de energía y el desarrollo de nuevas tecnologías no son ya suficientes para mantener el crecimiento de la población, debido a que estamos explotando los recursos del planeta más allá de lo que éste nos puede dar. Al respecto, escriben Bradshaw y colaboradores: “Desde la perspectiva de una huella ecológica sostenible, calculamos que la Tierra puede alimentar de manera sostenible a una población de 2,350 millones”. Es decir, la población actual del mundo, de 8,000 millones de personas, es 3.5 veces más grande que la que debería ser, si se pretendiera mantener el nivel de vida promedio actual. Lo que podría agravarse, dado que, de mantenerse las tendencias actuales, Bradshaw y colaboradores calculan que en las décadas de 2060 o 2070 la población mundial alcanzará un punto máximo entre 11,700 y 12,400 millones de personas.

Concluyen Bradshaw y colaboradores: “Es evidente que la Tierra no puede sostener a la población humana futura, ni siquiera a la actual, sin una reforma profunda de las prácticas socioculturales de uso de la tierra, el agua, la energía, la biodiversidad y otros recursos.”

Si hemos de creerle a Dickens, Coketown no era un sitio atractivo: “Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente; tenía también grandes bloques de edificios llenos de ventanas, y en cuyo interior resonaba todo el día un continuo traqueteo y temblor y en el que el émbolo de la máquina de vapor subía y bajaba con monotonía, lo mismo que la cabeza de un elefante enloquecido de melancolía.” Pero, al menos, los inmigrantes del campo encontraban en Coketown el trabajo que no tenían en su lugar de origen.

Pero, no todo es para siempre, y hoy en día, al cabo de dos siglos, el modelo que promovió el crecimiento poblacional podría haberse agotado.

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